viernes, 24 de agosto de 2012

Mientras por encima pasan los aviones


Un aroma familiar percibo tras bajar del colectivo, un aroma que despierta una parte de mi cerebro y me lleva atrás en el tiempo. Cientos de fotogramas se suceden ante mis ojos tan solo al recibir ese olor a humedad; lo ayudan los grillos que ya entrada la noche emiten su sonido incansables, rítmicos y sin dejar que el silencio nocturno haga acto de presencia.
Las imágenes que mi recuerdo logra sacar se remiten a cada verano de mi vida vivido junto al Mediterráneo. En esta ocasión, sin embargo, me encuentro en pleno invierno a contados metros del Rio de La Plata, al otro lado del mundo, distinta gente, nuevas experiencias; pero es esa brisa la culpable de que en un marco tan contrario vengan a mí sensaciones y emociones ya bien conocidas; parece como si me hubiese transportado en una máquina del tiempo.
Ya son dos las ocasiones  que tengo esa sensación de regresión, de conocer lo desconocido, de haber vivido lo todavía no vivido.
Alzo la cabeza y contemplo  ese cielo negro, pobre de estrellas, envidioso de otros cielos que se las han quedado todas, y veo pasar los aviones que descienden para aterrizar en el aeroparque que se encuentra en plena ciudad.  Con ese acto me vienen a la memoria los miles de veces que al mirar a un cielo azul he visto el rastro blanco que dejan a su paso, como un níveo camino hecho de nubes, que me hace preguntarme de dónde y a dónde ira, que me hace desear estar en el sin importarme la respuesta a esas preguntas. Pero esta vez están tan cerca que puedo oírlos, esta vez, no sé de dónde vienen, pero sí a dónde van; y ahora no deseo ir en el, porque a donde va, es donde ya estoy, y es donde quiero estar.

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