Así versa una de las mejores letras del Maestro Sabina. No puedo si no empezar este rincón sin citar su lírica, y no será la última vez que su literatura aparezca entre las venideras palabras que en el futuro plasmaré aquí, con el propósito de que sentimientos, sensaciones, emociones y experiencias queden grabadas de por vida, con el propósito de que no queden encerradas en cualquier lugar de mi mente y de mi corazón con el riesgo de que tras el paso del tiempo imperdonable nuevos recuerdos tapen los de estos tiempos y queden tan ocultos y dañados que no pueda volver a imaginarlos y sentirlos tal y como sucedieron.
Buenos Aires tuvo el poder que muchas mujeres hubiesen deseado tener, enamorar al cantautor. Pero es difícil competir contra la ciudad porteña, contra esa selva de acero, de cristal y de cemento que se extiende a orillas del Río de La Plata. Contra sus avenidas sin fin por las que pasear y deleitarse en cada librería que encuentras a tu paso, donde puedes parar en uno de los miles de cafés que hay a leer tu última adquisición literaria. Es el sueño de todo amante de las letras, de las palabras escritas. Es difícil competir contra el olor a asado que cualquier día de la semana percibes al ir caminando por cualquier rincón de la ciudad.
Buenos Aires son contrastes continuos. Lo feo, lo mundano, lo común, lo ordinario se unen con lo extraordinario, lo excepcional, la más sutil de las bellezas; la magnificencia de sus edificios históricos, con la más absoluta miseria.
No es raro que alguien de un pueblo andaluz limítrofe con la Mancha, en resumen, la España más profunda, más, anticuada, más atrasada, se sintiese tan sumamente atraído por ese imán que es Buenos Aires, imán que atrae a gente de lugares totalmente opuestos. Puedo intuir cierto paralelismo, o más bien me gusta ver ese paralelismo, entre lo que él pudo sentir y percibir al conocer esta ciudad y lo que hace exactamente un año yo sentí al poner mis pies sobre sus aceras, destruidas y echas polvo por el tránsito de millones de personas a lo largo de sus años de existencia.
He tenido la suerte de visitar una pequeña cantidad de ciudades europeas y americanas, y ninguna de ellas a conseguido trasmitirme sensaciones, tan vivas, tan cercanas como Buenos Aires sin conocerla a diario, cotidianamente. Pienso en los atardeceres de la ciudad, el sol ocultándose por sus edificios en algún momento blancos y ahora grisáceos, irregulares, sin seguir un patrón de orden o medida, el cielo anaranjado como nunca lo había contemplado antes, y todo en su conjunto me evoca recuerdos de cosas que nunca sucedieron, recuerdos de una infancia y adolescencia vivida aquí, recuerdos inventados, puede que sean simplemente deseos; me viene a la cabeza y sobre todo al corazón que he vivido esos atardeceres millones de veces. Es como el olor que deja la lluvia en verano, ese olor a tierra mojada que siempre me evocará momentos de la infancia.Sería capaz de sentarme en la azotea más alta de la ciudad cada tarde para ver como cae el sol, como se acaba el día con tal de revivir una y otra vez ese sentimiento que se me hace tan familiar, y que es tan sencillo y tan simple, y a la vez tan complejo, una enredadera de emociones, de conexiones, de melodías, de olores, de rostros, de miradas, de años, de días, de segundos., todo eso concentrado en un solo instante, un instante grabado en mi memoria, un instante tan profundo que da ganas de llorar. Entonces me paro a reflexionar esas emociones que me mueven por dentro, que me remueven las entrañas de la manera más fuerte, y solo puedo sentir un agradecimiento eterno a la ciudad, personificada a su máximo exponente, por hacerme vibrar de esa forma, con la más ínfima de las cosas, que me hace recordar cosas que ni siquiera sabía que había vivido.

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