Un aroma familiar percibo tras bajar del colectivo, un aroma
que despierta una parte de mi cerebro y me lleva atrás en el tiempo. Cientos de
fotogramas se suceden ante mis ojos tan solo al recibir ese olor a humedad; lo
ayudan los grillos que ya entrada la noche emiten su sonido incansables,
rítmicos y sin dejar que el silencio nocturno haga acto de presencia.
Las imágenes que mi recuerdo logra sacar se remiten a cada
verano de mi vida vivido junto al Mediterráneo. En esta ocasión, sin embargo,
me encuentro en pleno invierno a contados metros del Rio de La Plata, al otro
lado del mundo, distinta gente, nuevas experiencias; pero es esa brisa la
culpable de que en un marco tan contrario vengan a mí sensaciones y emociones
ya bien conocidas; parece como si me hubiese transportado en una máquina del
tiempo.
Ya son dos las ocasiones que tengo esa sensación de regresión, de
conocer lo desconocido, de haber vivido lo todavía no vivido.
Alzo la cabeza y contemplo
ese cielo negro, pobre de estrellas, envidioso de otros cielos que se
las han quedado todas, y veo pasar los aviones que descienden para aterrizar en
el aeroparque que se encuentra en plena ciudad.
Con ese acto me vienen a la memoria los miles de veces que al mirar a un
cielo azul he visto el rastro blanco que dejan a su paso, como un níveo camino
hecho de nubes, que me hace preguntarme de dónde y a dónde ira, que me hace
desear estar en el sin importarme la respuesta a esas preguntas. Pero esta vez
están tan cerca que puedo oírlos, esta vez, no sé de dónde vienen, pero sí a
dónde van; y ahora no deseo ir en el, porque a donde va, es donde ya estoy, y
es donde quiero estar.
